Impairment test for assets: what it is and when it is mandatory 

The test de deterioro de activos es la evaluación que determina si el valor contable de un activo excede el monto que la empresa realmente podría recuperar, sea utilizándolo en su operación o vendiéndolo en el mercado. Cuando esa brecha existe, la normativa contable obliga a reconocer una pérdida que ajusta el activo a su valor recuperable. 

Bajo el marco de las normas internacionales de información financiera, adoptado por la mayoría de los países de América Latina, la prueba es obligatoria al menos una vez al año para el goodwill, para los intangibles de vida útil indefinida y para aquellos que aún no están disponibles para su uso; para el resto de los activos, la obligación se activa en cualquier fecha de cierre en que existan indicios de deterioro. 

¿Qué es exactamente el test de deterioro de activos? 

La contabilidad registra la mayoría de los activos de larga duración a su costo histórico, menos la depreciación o amortización acumulada. Esa convención tiene una ventaja evidente —es objetiva y verificable— y una limitación igualmente evidente: no captura los cambios en la capacidad económica del activo para generar beneficios. 

Una planta industrial puede depreciarse contablemente de manera lineal durante veinte años mientras su mercado se contrae en tres. El deterioration test, conocido en la literatura financiera como impairment test, es el mecanismo que corrige esa desconexión, comparando el valor en libros con el valor recuperable y obligando a reconocer la diferencia cuando el primero supera al segundo. 

Conviene distinguir el deterioro de la depreciación, porque la confusión entre ambos conceptos es frecuente incluso en niveles directivos. La depreciación es una asignación sistemática y anticipada del costo de un activo a lo largo de su vida útil estimada; responde a un patrón definido al momento del reconocimiento inicial y no incorpora información nueva. 

The deterioro, en cambio, es un ajuste reactivo y no sistemático: surge cuando aparece evidencia de que las expectativas incorporadas en el registro original ya no se sostienen. Un activo puede estar correctamente depreciado y, simultáneamente, estar deteriorado. 

El alcance de la prueba no es universal. Quedan sujetos a ella los activos fijos, los intangibles con y sin vida útil definida, el goodwill originado en combinaciones de negocios, los activos por derecho de uso derivados de arrendamientos y las inversiones en asociadas y negocios conjuntos.

Se excluyen, en cambio, partidas que cuentan con reglas propias de valoración, como las existencias, los activos por impuestos diferidos, los instrumentos financieros y los activos biológicos medidos a valor razonable. Esta delimitación importa en la práctica porque define qué porción del balance queda expuesta al ejercicio y, por lo tanto, cuál es la magnitud potencial del ajuste. 

test de deterioro de activos

¿Cuándo es obligatorio realizar el test de deterioro? 

Existen dos gatillantes distintos y es fundamental no confundirlos. El primero es calendario: hay activos que deben someterse a la prueba al menos una vez al año, con independencia de que existan o no señales de pérdida de valor. Esta categoría comprende el goodwill reconocido en adquisiciones, los intangibles de vida útil indefinida —marcas, licencias sin plazo de vencimiento, derechos perpetuos— y los intangibles que todavía no están disponibles para su uso, típicamente proyectos de desarrollo en curso.

La lógica del legislador contable es que estos activos no se amortizan sistemáticamente, de modo que sin una revisión periódica obligatoria podrían permanecer indefinidamente en el balance a un valor que nadie cuestiona. 

The segundo gatillante es circunstancial y aplica al resto de los activos de larga duración. En cada fecha de cierre, la administración debe evaluar si existen indicios de que algún activo haya sufrido deterioro; solo si esos indicios están presentes se procede a estimar el valor recuperable. Esta evaluación de indicios no es opcional ni discrecional: constituye una obligación de cada período, aunque su resultado en la mayoría de los ejercicios sea negativo y no derive en cálculo alguno. La documentación de ese análisis, incluso cuando concluye que no hay deterioro, es parte del expediente que el auditor revisará. 

En cuanto a la oportunidad, la prueba anual puede efectuarse en cualquier momento del ejercicio, siempre que se realice en la misma fecha cada año y que unidades generadoras de efectivo distintas puedan evaluarse en momentos distintos. Muchas compañías la anticipan a un cierre intermedio para evitar la congestión del cierre anual y disponer de tiempo para discutir supuestos con los auditores.

Existe, no obstante, una regla que suele pasarse por alto: cuando el goodwill proviene de una combinación de negocios ocurrida durante el ejercicio, la unidad que lo recibe debe someterse a prueba antes del término de ese mismo período anual, aun cuando la adquisición se haya cerrado pocos meses antes. 

¿Qué indicios obligan a evaluar el deterioro antes del cierre anual? 

The señales de deterioro suelen agruparse en fuentes externas e internas. Entre las externas destacan la caída significativa del valor de mercado del activo, muy por encima de lo que cabría esperar por el simple transcurso del tiempo; los cambios adversos relevantes en el entorno tecnológico, comercial, económico, regulatorio o de mercado en que opera la empresa; el aumento de las tasas de interés de mercado, que al elevar la tasa de descuento reduce mecánicamente el valor presente de los flujos futuros; y la situación en que la capitalización bursátil de la compañía queda por debajo del valor libro de su patrimonio, indicador que el mercado interpreta como una señal directa de sobrevaloración contable. 

The fuentes internas provienen de la propia operación. Se cuentan entre ellas la evidencia de obsolescencia o daño físico del activo; los cambios en la forma o intensidad de uso, incluidos los planes de discontinuar o reestructurar la operación a la que el activo pertenece, o de disponer de él antes de la fecha prevista; y, muy especialmente, la evidencia de que el desempeño económico del activo es o será peor que el proyectado. Este último indicio es el más relevante en la práctica, porque conecta el ejercicio contable con el sistema de control de gestión: desviaciones sostenidas entre presupuesto y resultado real constituyen precisamente el tipo de evidencia que la norma considera gatillante. 

La enumeración normativa no es taxativa, y esa característica es importante para el directorio. La administración debe considerar cualquier otra información disponible que sugiera una pérdida de valor, lo que traslada el ejercicio desde el cumplimiento de una lista de verificación hacia un juicio informado sobre el negocio.

La pérdida de un cliente que concentra una porción sustancial de los ingresos, el vencimiento no renovado de una concesión, la entrada de un competidor con una estructura de costos radicalmente distinta o un cambio tributario que altera la rentabilidad de un sector completo son eventos que, sin estar nombrados explícitamente, califican sin ambigüedad como triggering events. 

¿Cómo se determina el valor recuperable de un activo? 

The valor recuperable se define como el mayor entre dos magnitudesthe valor razonable menos los costos de disposición y el valor en uso. La lógica económica detrás de esta definición es que una empresa racional escogerá la alternativa que le reporte más beneficio, de modo que solo existe deterioro cuando ambas vías de recuperación —vender o seguir usando— quedan por debajo del valor en libros. Esta construcción tiene una consecuencia práctica relevante: no siempre es necesario calcular ambas cifras. Si una de las dos ya supera el valor contable, el activo no está deteriorado y el ejercicio puede detenerse allí, lo que en la práctica ahorra un esfuerzo considerable de modelación. 

The valor razonable menos costos de disposición corresponde al precio que se obtendría por la venta del activo en una transacción ordenada entre participantes de mercado, descontados los costos directamente atribuibles a esa venta. Su estimación privilegia la evidencia observable: precios de transacciones recientes de activos comparables, cotizaciones en mercados activos, múltiplos de operaciones del sector. En economías donde los mercados secundarios de activos productivos son estrechos —una condición habitual en buena parte de América Latina—, la escasez de comparables obliga con frecuencia a recurrir a técnicas de valoración con supuestos significativos no observables, lo que eleva el nivel de juicio y, con él, la exigencia de documentación. 

The valor en uso es el valor presente de los flujos de efectivo futuros que se espera obtener del activo o de la unidad a la que pertenece. Su construcción exige proyectar flujos basados en presupuestos aprobados por la administración, habitualmente para un horizonte de hasta cinco años, y extrapolar los períodos posteriores mediante una tasa de crecimiento que no debería superar la tasa de crecimiento de largo plazo del mercado en que la empresa opera. Los flujos deben reflejar el activo en su condición actual, excluyendo mejoras futuras aún no comprometidas, y descontarse a una tasa que capture el valor del dinero en el tiempo y los riesgos específicos del activo. La consistencia entre la definición del flujo y la de la tasa —moneda, tratamiento tributario, inflación— es el punto donde se concentra la mayor parte de los errores técnicos. 

test de deterioro cuando es necesario

¿Qué es una unidad generadora de efectivo y por qué condiciona el resultado del test? 

Muchos activos no generan flujos de efectivo por sí mismos. Una máquina dentro de una línea de producción, un sistema informático o un edificio corporativo no producen ingresos aislados: contribuyen a un conjunto que sí los produce. Cuando no es posible estimar el valor recuperable de un activo individual, la norma exige identificar la unidad generadora de efectivo —cash generating unit o CGU a la que pertenece, definida como el grupo identificable más pequeño de activos que genera entradas de efectivo en buena medida independientes de las que provienen de otros activos o grupos. La prueba se realiza entonces a nivel de esa unidad, comparando su valor recuperable con la suma de los valores en libros de los activos que la componen. 

The caso del goodwill merece atención particular porque nunca genera flujos por sí solo. Debe asignarse, desde la fecha de adquisición, a las unidades o grupos de unidades que se espera se beneficien de las sinergias de la combinación de negocios, con dos restricciones: el nivel de asignación no puede ser mayor que un segmento de operación, y debe corresponder al nivel más bajo en el que la administración efectivamente monitorea el goodwill para propósitos internos de gestión. Esta segunda condición ata el ejercicio contable a la estructura real de reporte de la compañía y limita el margen para elegir el agrupamiento que resulte más conveniente. 

The nivel de agregación no es un detalle técnico: es, con frecuencia, la variable que decide el resultado. Una unidad definida de manera amplia permite que los negocios rentables compensen a los deficitarios, generando un headroom —el excedente del valor recuperable sobre el valor en libros— que absorbe el deterioro y lo vuelve invisible en los estados financieros. Una definición más granular expone el problema. Por eso los auditores y reguladores examinan con especial rigor la consistencia entre la delimitación de las unidades y la forma en que la compañía organiza, presupuesta y evalúa sus negocios, y observan con escepticismo los cambios de agrupamiento que coinciden con ejercicios de resultados débiles. 

¿Cómo se reconoce, presenta y reversa una pérdida por deterioro? 

Cuando el valor en libros supera al valor recuperable, la diferencia se reconoce inmediatamente como pérdida en el resultado del ejercicio. La excepción se presenta en activos previamente revalorizados, caso en el que la pérdida se imputa primero contra el superávit de revalorización acumulado en patrimonio y solo el exceso afecta el estado de resultados.

Tras el reconocimiento, el cargo por depreciación o amortización de los períodos siguientes debe recalcularse sobre la nueva base contable ajustada, distribuyéndola durante la vida útil restante. Este efecto de segundo orden suele omitirse en las proyecciones internas y produce inconsistencias entre el modelo financiero y los estados financieros posteriores. 

Cuando el deterioro se determina a nivel de una unidad generadora de efectivo, la pérdida se distribuye siguiendo un orden preestablecido: primero reduce el goodwill asignado a la unidad hasta agotarlo y, si aún resta pérdida por asignar, se distribuye entre los demás activos de la unidad en proporción a sus valores en libros.

Esta asignación proporcional opera con un límite: ningún activo individual puede quedar por debajo del mayor entre su valor razonable menos costos de disposición, su valor en uso y cero. El eventual remanente que no pueda asignarse por efecto de estos topes se reconoce igualmente como pérdida, sin generar un pasivo salvo que otra norma así lo exija. 

La reversión sigue una regla asimétrica que conviene tener presente al planificar. Si en períodos posteriores desaparecen o disminuyen las causas del deterioro, la pérdida reconocida sobre activos fijos e intangibles de vida definida puede revertirse, pero solo hasta el valor en libros que el activo habría tenido —neto de depreciación o amortización— si nunca se hubiese reconocido deterioro alguno.

El goodwill, en cambio, no admite reversión bajo ninguna circunstancia: una vez castigado, el castigo es definitivo. Esta prohibición responde al riesgo de que la recuperación aparente refleje en realidad plusvalía generada internamente, cuyo reconocimiento contable está prohibido. 

¿Qué errores frecuentes debilitan la validez de un test de deterioro? 

El error más común es la proyección de flujos desconectada de la evidencia histórica. Los modelos que muestran una curva plana o descendente durante los años observados y una recuperación abrupta a partir del primer año proyectado —el patrón que la práctica anglosajona denomina hockey stick— son la primera señal de alerta para cualquier revisor. La norma exige que las proyecciones se basen en presupuestos aprobados por la administración y que se otorgue mayor peso a la evidencia externa que a las expectativas internas. Una compañía que ha incumplido sistemáticamente su presupuesto durante tres ejercicios difícilmente puede sostener que el cuarto será distinto sin aportar razones específicas y verificables. 

The segundo grupo de errores es de consistencia técnica. Descontar flujos nominales a una tasa real, mezclar flujos después de impuestos con tasas antes de impuestos, o proyectar en moneda local y descontar a una tasa construida sobre parámetros en dólares sin ajustar el diferencial de inflación son inconsistencias que distorsionan el resultado en magnitudes que superan largamente el efecto de los supuestos operativos discutidos en el directorio. A ello se suma la inclusión indebida en los flujos de beneficios provenientes de reestructuraciones no comprometidas o de inversiones de expansión aún no realizadas, cuando la norma exige evaluar el activo en su condición presente. 

Un tercer grupo de errores es de gobierno del proceso más que de técnica. Se observa con frecuencia la fijación de una tasa de crecimiento a perpetuidad superior al crecimiento de largo plazo del sector o de la economía, lo que equivale a asumir que la empresa absorberá indefinidamente participación de mercado; la reasignación de unidades generadoras de efectivo justo en el ejercicio en que una de ellas muestra debilidad; y la ausencia de un análisis de sensibilidad que muestre cuánto deben variar los supuestos críticos para eliminar el headroom. Este último es hoy una expectativa de revelación consolidada, y su omisión suele generar observaciones de auditoría incluso cuando el cálculo principal es correcto. 

test de deterioro errores

¿Qué implicancias tiene el deterioro para el directorio y la gestión? 

A deterioro relevante rara vez es una noticia contable aislada. Cuando afecta al goodwill, constituye un reconocimiento explícito de que el precio pagado en una adquisición no se justificó con los resultados posteriores, lo que abre una conversación incómoda pero necesaria sobre la calidad del proceso de due diligence, la razonabilidad de las sinergias proyectadas y la disciplina en la asignación de capital. Los mercados leen la señal en esa clave, y por eso el efecto reputacional del anuncio suele exceder el impacto puramente numérico sobre el patrimonio, especialmente cuando ocurre pocos ejercicios después de la transacción. 

Las consecuencias contractuales y financieras tampoco son menores. Aunque el deterioro no implica salida de caja, reduce el resultado del ejercicio y el patrimonio contable, con efectos directos sobre los indicadores comprometidos en contratos de financiamiento —los covenants de endeudamiento y cobertura—, sobre la base de cálculo de dividendos en las jurisdicciones que los vinculan a la utilidad líquida, y sobre los esquemas de incentivos de la administración construidos sobre métricas contables. Anticipar estos efectos con los acreedores antes del cierre, y no después, es lo que separa un ajuste técnico administrado de una crisis de confianza. 

Hay, finalmente, una dimensión positiva que suele desaprovecharse. El ejercicio obliga a proyectar flujos por unidad de negocio, a explicitar tasas de descuento y a contrastar supuestos con evidencia de mercado; es decir, produce anualmente un mapa del valor económico de cada línea de la compañía. Utilizado con esa perspectiva, deja de ser un requisito de cierre y se convierte en un insumo de decisión sobre qué negocios merecen capital adicional, cuáles requieren un cambio de estrategia y cuáles deberían considerarse candidatos a desinversión. La diferencia entre ambas aproximaciones no está en la técnica, sino en el momento en que el directorio decide involucrarse en la discusión de los supuestos. 

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